sábado, 28 de abril de 2012
Lejos
Pronto me iré de aquí... lejos de todos y de todo... me iré a una cabaña en lo profundo de un bosque... lejos de todo y de todos... seré una ermitaña que vivirá sólo para escribir... lejos de todos y de todo... sin presiones y sin pretender... lejos de todo y de todos... sin tener que preocuparme por él... lejos de todos y de todo... sin miedo a perder amistades por palabras no dichas y actitudes erróneas... lejos de todo y de todos... pronto me iré de aquí... lejos de todos y de todo...
lunes, 16 de abril de 2012
Leo para no pensar
Leo para no pensar. Pienso para no dormir. Duermo para no llorar. Lloro para no gritar. Grito para no sentir. Siento para no olvidar. Olvido para no querer. Quiero para no perder. Pierdo para no sufrir.
Mejor... leo para no pensar...
lunes, 26 de marzo de 2012
Ligera
Levanta la cabeza, anda, levántala.
Tómala con las dos manos y ponla sobre la mesa.
El cuerpo es una carga.
La mente no pesa.
Levanta la cabeza, anda, levántala.
Tómala con las dos manos y ponla sobre la mesa.
El cuerpo es una carga.
La mente no pesa.
Levanta la cabeza, anda, levántala.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Valor
— Debes hacerlo.
— No me presiones.
— Sabes cuáles son tus obligaciones y no las cumples. Tienes problemas.
— Cállate, sal de mi cabeza.
— No estoy en tu cabeza. Estoy aquí, a un lado tuyo.
— No eres real.
— Lo soy tanto como tú. ¿Eres real?
— No lo sé… lo único que sé es que tú no lo eres.
— ¿Me tienes frente a ti y aún así no lo puedes creer?
— Me da miedo mirarte. Eres tan parecido a mí que me asusta.
— Claro que nos parecemos. Tú me hiciste, ¿recuerdas?
— Nunca crearía algo como tú.
— Pues lo hiciste, ahora te toca cuidar de mí.
— No lo haré y no puedes obligarme.
— Cuando estoy frente a ti, ¿qué es lo que ves?
— Me veo a mí mismo.
— ¿Te das cuenta? Estamos unidos para siempre.
— Aléjate, no me toques.
— Eres tan sensible.
— ¡Vete! No aguanto verte. No te soporto. ¡Largo!
— No me iré y lo sabes, así que no insistas.
— ¿Qué tengo que hacer para que me dejes en paz?
— Dame de comer.
— Ya comí.
— Me alegro. Tengo hambre.
— Come lo que encuentres.
— Una manzana podrida y un pedazo de queso viejo, ¿eso quieres que coma? Estás loco.
— Sí, lo estoy, ¡pero porque tú me vuelves loco!
— Mientes, ya lo estabas desde antes de que yo llegara.
— Deja de confundirme.
— ¿Por qué lo haría? Tengo hambre.
— Te odio.
— Gracias, el sentimiento es mutuo. Ahora, dame de comer.
— No tengo hambre.
— Recuerda que si me enfermo yo, te enfermas tú. ¿No quieres que coma algo podrido, o sí?
— Haz lo que quieras.
— No tienes que ser tan agresivo, ¿dónde están tus modales?
— ¿A ti qué te importa?
— Tienes razón, no me importa, al fin y al cabo el que te ves mal eres tú. No tienes por qué ser tan idiota, ¿sabes?
— No me hables así, ¿quién te crees que eres?
— Tú. Además el que se habla así eres tú, no yo.
— Vete, por favor. Ya no quiero escucharte.
— No puedo y lo sabes, tengo que estar aquí, contigo… siempre. Al menos hasta que te mueras.
— Tal vez esa sea la solución… morirme.
— No seas tan dramático.
— Déjame, soy como quiero.
— Eres imposible. Me aburres. En serio. Podríamos tener una vida mejor si tan sólo no fueras un cobarde.
— Intenta salir y vivir con toda esa gente. Anda, sal, ve lo que hay ahí afuera y entonces me dices si no te da miedo, si no prefieres ser un cobarde vivo que un valiente muerto.
— Divagas. Ni siquiera sabes lo que dices. Además, me estás cambiando el tema. Tengo hambre, quiero comer y tú vas a alimentarme.
— Prefiero matarte de hambre.
— Bien, si eso es lo que quieres, moriré, pero ¿estás seguro de que puedes vivir con esa culpa? ¿Estás seguro de poder vivir sin una parte de ti?
— Me acostumbraré a la pérdida.
— No me hagas reír, ¿cuánto tiempo ha pasado y todavía no te acostumbras?
— Mucho… demasiado… no sé. No me lo recuerdes.
— Duele, ¿verdad? Nada más acuérdate, los dos la queríamos.
— Yo la quería, tú… sólo te aprovechabas de ella.
— ¿Estás seguro de que no era al revés?
— ¡Cállate, no sabes lo que dices!
— No tienes por qué gritarme, no estoy sordo.
— ¿Qué tengo que hacer para deshacerme de ti?
— Matarme o darme de comer. Tú escoges.
— Como si fuera tan fácil
— En verdad lo es. Sales, compras algo de comida, la traes, la pones en un plato y me lo das. Sencillo, ¿no crees?
— Es más fácil tomar un cuchillo y clavártelo en la garganta.
— Hazlo… si puedes.
— ¡Déjame!
— Eres un cobarde.
— Te dije que me dejes.
— Mira, tómalo, te estoy regalando una salida fácil. Anda, es el más filoso de la cocina.
— Estás loco, aleja eso de mí.
— Si quieres te ayudo. Mira, ¿lo ves?, es muy fácil.
— ¡Eres un demente!, ¿por qué hiciste eso?
— ¿No es lo que querías? ¿Deshacerte de mí? Pues ya está, te hice más fácil la vida.
— Eso no era lo que quería… ya no sé lo que quiero.
— Estar solo es lo que quieres, así que ya está, pronto estarás más solo que un perro.
— Yo no quería esto.
— Acéptalo, papá. No te engañes. Era exactamente lo que querías.
— No me presiones.
— Sabes cuáles son tus obligaciones y no las cumples. Tienes problemas.
— Cállate, sal de mi cabeza.
— No estoy en tu cabeza. Estoy aquí, a un lado tuyo.
— No eres real.
— Lo soy tanto como tú. ¿Eres real?
— No lo sé… lo único que sé es que tú no lo eres.
— ¿Me tienes frente a ti y aún así no lo puedes creer?
— Me da miedo mirarte. Eres tan parecido a mí que me asusta.
— Claro que nos parecemos. Tú me hiciste, ¿recuerdas?
— Nunca crearía algo como tú.
— Pues lo hiciste, ahora te toca cuidar de mí.
— No lo haré y no puedes obligarme.
— Cuando estoy frente a ti, ¿qué es lo que ves?
— Me veo a mí mismo.
— ¿Te das cuenta? Estamos unidos para siempre.
— Aléjate, no me toques.
— Eres tan sensible.
— ¡Vete! No aguanto verte. No te soporto. ¡Largo!
— No me iré y lo sabes, así que no insistas.
— ¿Qué tengo que hacer para que me dejes en paz?
— Dame de comer.
— Ya comí.
— Me alegro. Tengo hambre.
— Come lo que encuentres.
— Una manzana podrida y un pedazo de queso viejo, ¿eso quieres que coma? Estás loco.
— Sí, lo estoy, ¡pero porque tú me vuelves loco!
— Mientes, ya lo estabas desde antes de que yo llegara.
— Deja de confundirme.
— ¿Por qué lo haría? Tengo hambre.
— Te odio.
— Gracias, el sentimiento es mutuo. Ahora, dame de comer.
— No tengo hambre.
— Recuerda que si me enfermo yo, te enfermas tú. ¿No quieres que coma algo podrido, o sí?
— Haz lo que quieras.
— No tienes que ser tan agresivo, ¿dónde están tus modales?
— ¿A ti qué te importa?
— Tienes razón, no me importa, al fin y al cabo el que te ves mal eres tú. No tienes por qué ser tan idiota, ¿sabes?
— No me hables así, ¿quién te crees que eres?
— Tú. Además el que se habla así eres tú, no yo.
— Vete, por favor. Ya no quiero escucharte.
— No puedo y lo sabes, tengo que estar aquí, contigo… siempre. Al menos hasta que te mueras.
— Tal vez esa sea la solución… morirme.
— No seas tan dramático.
— Déjame, soy como quiero.
— Eres imposible. Me aburres. En serio. Podríamos tener una vida mejor si tan sólo no fueras un cobarde.
— Intenta salir y vivir con toda esa gente. Anda, sal, ve lo que hay ahí afuera y entonces me dices si no te da miedo, si no prefieres ser un cobarde vivo que un valiente muerto.
— Divagas. Ni siquiera sabes lo que dices. Además, me estás cambiando el tema. Tengo hambre, quiero comer y tú vas a alimentarme.
— Prefiero matarte de hambre.
— Bien, si eso es lo que quieres, moriré, pero ¿estás seguro de que puedes vivir con esa culpa? ¿Estás seguro de poder vivir sin una parte de ti?
— Me acostumbraré a la pérdida.
— No me hagas reír, ¿cuánto tiempo ha pasado y todavía no te acostumbras?
— Mucho… demasiado… no sé. No me lo recuerdes.
— Duele, ¿verdad? Nada más acuérdate, los dos la queríamos.
— Yo la quería, tú… sólo te aprovechabas de ella.
— ¿Estás seguro de que no era al revés?
— ¡Cállate, no sabes lo que dices!
— No tienes por qué gritarme, no estoy sordo.
— ¿Qué tengo que hacer para deshacerme de ti?
— Matarme o darme de comer. Tú escoges.
— Como si fuera tan fácil
— En verdad lo es. Sales, compras algo de comida, la traes, la pones en un plato y me lo das. Sencillo, ¿no crees?
— Es más fácil tomar un cuchillo y clavártelo en la garganta.
— Hazlo… si puedes.
— ¡Déjame!
— Eres un cobarde.
— Te dije que me dejes.
— Mira, tómalo, te estoy regalando una salida fácil. Anda, es el más filoso de la cocina.
— Estás loco, aleja eso de mí.
— Si quieres te ayudo. Mira, ¿lo ves?, es muy fácil.
— ¡Eres un demente!, ¿por qué hiciste eso?
— ¿No es lo que querías? ¿Deshacerte de mí? Pues ya está, te hice más fácil la vida.
— Eso no era lo que quería… ya no sé lo que quiero.
— Estar solo es lo que quieres, así que ya está, pronto estarás más solo que un perro.
— Yo no quería esto.
— Acéptalo, papá. No te engañes. Era exactamente lo que querías.
jueves, 15 de diciembre de 2011
jueves, 27 de octubre de 2011
En la oscuridad
Desperté de repente asustado y desorientado, tengo el cuerpo adolorido y me siento muy cansado. Me falta el aire, intento mantenerme tranquilo pero no puedo, quiero saber dónde estoy, necesito saber dónde estoy.
No puedo moverme. Abro los ojos pero está tan oscuro que parece que los tengo cerrados. No hay ruido, lo único que escucho son los latidos de mi corazón.
La ansiedad me invade y no puedo concentrarme. Es un sueño, tiene que serlo, pero no, mis ojos están abiertos, sé que no estoy dormido, creo que no estoy dormido, o a lo mejor sí lo estoy, a lo mejor todo esto no es más que una horrible pesadilla de la que pronto despertaré, estoy seguro, y me reiré por haberme alterado tanto.
—¡Despierta! —grito— ¡reacciona de una vez!
No funciona, no sé qué hacer, tengo miedo, mucho miedo.
De repente me invade una angustia terrible, creo saber qué es lo que me pasa. ¿Será cierto?, ¿será posible? No lo creo, es completamente absurdo, me río a carcajadas, no puedo aceptarlo, no debo aceptarlo.
—¡Ayuda!, ¡por favor, que alguien me ayude!, si estoy dormido despiértenme, lo ruego, que alguien me despierte, por lo que más quieran, díganme que esto es sólo un sueño.
Nada, nadie me escucha, estoy cansado de gritar, estoy solo. No sé qué hacer, tengo que reaccionar. Tal vez deba esperar, alguien tiene que darse cuenta. No, no puedo, necesito aire, necesito salir, no puedo respirar, no puedo seguir aquí. Por favor, ¡que me dejen salir! ¿Por qué no se dan cuenta?, ¿que no me han oído?, ¿que no pueden ver que me enterraron vivo?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)